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Creo que fue entre el 2.007 y el 2.009, en la ya desaparecida Escuela Andaluza de Cinematografía, que visualizamos y analizamos la película “La Pasión de Cristo” (2004), dirigida por Mel Gibson y coescrita por el propio Gibson y Benedict Fitzgerald. Ya por aquel entonces, al igual que he podido contrastar hoy día al volverla a visualizar y a leer en Internet diversos artículos sobre el autor y la obra, tanto en webs puramente católicas, como en otras exclusivamente dedicadas al cine, el film fue/es juzgado de “controvertido y algo limitado a nivel narrativoy que la película no establece el por qué es necesario que Jesús sea juzgado y crucificadoEs muy descriptiva, centrada más en presentar acontecimientos que en contar una historia”. Esto me produce una sonrisa un tanto sarcástica, pues, si bien no quiero andarme por las ramas por motivos de limitación en la extensión de este artículo que suscribo, sí creo a bien aclarar al lector como guionista que soy que, a todo guionista, y también a los realizadores, se nos enseñan en las escuelas de cine dos máximas atribuidas al maestro Hitchcock:

  • El novelista crea, el guionista toma prestado”.
  • Un realizador no tiene que contar, tiene que mostrar”.

A mí, un profesor de guión, de cuyos nombre y apellidos no quiero acordarme, me añadió además la siguiente:

  • Si al escribir un guión decides tirarte al fango, ¡revuélcate en él!”

De esta última máxima, sin embargo, he aprendido (y supongo que Gibson también) que, al tirarte a la piscina del fango para revolcarte, es muy recomendable y saludable comprobar también de antemano si en la piscina vas a estar rebozándote tú solito o vas a tener la compañía de cocodrilos, por aquello de las controversias que, por otro lado, si un guionista o realizador no cuenta con ellas ¿qué gracia tiene?

Apareció el film públicamente al comienzo de este siglo XXI, al que podríamos calificar de “siglo de las susceptibilidades o siglo de los quisquillosos”, siendo tachado de antisemita. También la calificaron de “torture porn”, un estilo propio del cine de horror. A día de hoy del año 2019, no me extrañaría que también la calificaran de homófoba y misógina, por utilizar a un Satanás andrógino (interpretado magistralmente por la actriz italiana Rosalinda Celentano), y también de infanticida o de fobia a la infancia, por mostrar a niños representando a demonios menores. ¡Hay gente para todo, ya se sabe! En su favor diré, que San Juan Pablo II en visualización privada exclamó: “¡Es que fue así, así fue como sucedió!

En cuanto a lo de tomar prestado, Gibson, además de tomar de los Evangelios, a Caravaggio, Théodore Géncault y Miguel Ángel, guioniza adaptando directamente a la visionaria Beata Anne Katherine Emmerick y su obra “La Amarga Pasión de Cristo”. Desde la aparición de Satanás a Cristo en el huerto de Getsemaní, donde este pretende tentarlo, preguntándole si está dispuesto a cargar con los pecados de la humanidad, y la tortura que le propinan por el camino una vez es prendido hasta la petición de Claudia Prócula a Pilatos de que no condene a Jesús, a la que éste promete que lo declarará inocente… Gibson hace una clara simbiosis con las visiones de Emmerick, trasladando al espectador cada detalle del sacrificio de Jesús. Lo dicho, magistral.

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